Extraído de ION Corriente Alterna 03
Corriente Social
Emmanuel Rosado

Una vez me dirigía a mi trabajo en el sector de Arroyo Hondo. Para eso tenía que tomar dos carros públicos. Estimaba que serían 20 pesos en total, pues en aquel entonces un pasaje costaba 10 pesos. Efectivamente, tenía 10 pesos en un bolsillo y 10 pesos en el otro. Fui hacia la avenida Bolívar esquina Lincoln. Me monté en el carro que me dirigió hacia la calle San Cristóbal en el ensanche La FE. Me desmonté del carro. Fui rumbo a la calle Luís Amiama Tió caminando con DETERMINA-ACCIÓN para llegar y tomar mi último carrito.

Mientras caminaba, iba apreciando las pintorescas infraestructuras decoradas con grafitis y anuncios de repuestos de autos. Como todos saben, en nuestro país hay una gran población de asiáticos cuyo negocio por excelencia es el denominado «picapollo chino». Los propietarios en su mayoría son koreanos o chinos, pero aún así son conocidos como «chinos». Al pasar frente a un picapollo chino, curioseando el menú del día, desde la lejanía logré observar una escena nada común. Para mi sorpresa, vi una chica de piel oscura, cabello crespo, con cierto aire extranjero, de ojos blancos y saltarines que lentamente se tornaban lacrimosos y rojos.

Con DETERMINA-ACCIÓN, pero con curiosidad, me asomé a ver qué pasaba en aquel restaurante. La chica tenía incrustada la mano derecha dentro de la puerta de metal corrediza. Sorprendido, vi que esta joven, que hace la limpieza en el local, estaba llorando tan fuerte que ni las palabras le salían. Parecía que gritaba por dentro. Tenía que actuar con DETERMINA-ACCIÓN. Nervioso pero consciente de la situación, tomé su mano derecha y sutilmente pero rápido y preciso, jalé su mano. Para la suerte de ambos, la mano salió sin ningún síntoma de ruptura.

Corrí hacia el dueño del local y en voz alta le dije: «¡Chino, chino!, deme 10 pesos para comprar hielo para la mano de su empleada que esta herida». A lo que el chino me respondió: «¡Cómpraselo tú!». Era momento de accionar, no de preguntarse el por qué este señor no se ocupó, o tan siquiera preocupó, en ayudar a su personal. Miré a la chica, miré mi bolsillo y vi que solo me quedaban 10 pesos. Pensé en todo lo que faltaba por recorrer para llegar a mi destino. Entré en un estado terrible de indecisión.

Con 10 pesos en la mano y cuestionándome si lo usaba para mi beneficio o lo utilizaba para ayudar a una desconocida que me necesitaba. Con DETERMINA-ACCIÓN fui corriendo al colmado más cercano y le compré 10 pesos de hielo. Regresé y le expliqué a la chica cómo debía ponerse el hielo y los demás «condimentos curativos» (sábila y mantequilla). La mujer todavía no había dicho nada. Era de nacionalidad haitiana. No sabía hablar español, pero con tan solo una palabra, marcó la diferencia en mí ese día… GRACIAS.

Me sentí increíble. Tomé la mejor decisión, pero ese GRACIAS no me llevaría montado a mi trabajo. Iba desorientado sin saber qué hacer. Caminaba pensativo y sin un peso. Buscaba la manera de llegar. Rumbo a la última parada de carros, oí que me vociferan «¡hey tú! ¡hey tú!». Asustado, casi salí corriendo. De repente sentí como alguien de gran estatura me abrazó y me levantó. Por un momento pensé que sería mi último día. Era un joven que sin escatimar me preguntó si lo recordaba, diciéndome que yo le había cambiado la vida hace 3 años en una charla que impartí en el retiro ONDA. En ese instante con DETERMINA-ACCIÓN le dije que sí, que lo recordaba (pero en realidad no).

Según nuestra conversación, el y yo trabajábamos cerca. Pero ambos sin 10 pesos encima para movilizarnos. Momentos después logramos escuchar la voz de un señor, que montado en un carro de los años 80, dijo: «¡hey tú!». A lo que el chico respondió: «Si, ¿yo?». Para nuestra sorpresa, era el tío del joven que me acompañaba. Nos llevó en su vehículo. El carro estaba lleno de televisores. Yo astutamente, para no quedarme, los monte todos encima de mí. El chico se quedaba primero que yo, así que continué montado en mi travesía.

El tío iba a estacionarse en una tienda de electrónica tres esquinas antes de mi trabajo cuando una señora casi nos choca. Esto inspiró al tío a vociferar palabras inapropiadas. Cuando me asomé a ver, para mi sorpresa, era mi tía. No lo podía creer. Me lancé a correr hacia su vehículo. Sin importar lo ocurrido, subí con ella sin decir ni una palabra. Finalmente mi tía con mucho amor y DETERMINA-ACCIÓN me llevó a mi trabajo. Sorprendentemente todo esto ocurrió y ni falta me hicieron… los 10 pesos.

Esta experiencia me hizo reflexionar sobre las cosas que podemos hacer por personas necesitadas a las que en muchas ocasiones les somos indiferentes. «Intención sin acción, es una ilusión». Complementemos nuestro accionar con determinación para que alcancemos increíbles resultados. Todas nuestras acciones repercutirán indirectamente a muchos en nuestro entorno. Debemos de caminar dejando luces encendidas. Éstas guiarán a los demás y te indicarán a la vez el camino de regreso a casa. Te pregunto, ¿Cuáles son esos 10 pesos que estás dispuesto a gastar para ayudar a otras personas? ¿Cómo reaccionarías ante tal situación? ¿Acaso te ha ocurrido, que personas sufren a tu alrededor, le pasas por el frente y las ignoras? ¿Estarás dispuesto a actuar con DETERMINA-ACCIÓN?.

«Determina-acción / Yo solo tenía 10 pesos»

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