Extraído de ION Corriente Alterna 04.
Lunes 14 de Octubre 2013.
Por: Cristian Arnaud

La primera vez que caminé por Wall Street, en la ciudad de Nueva York, quedé impresionado con los edificios: sus colores, tamaño y arquitectura. De repente mi atención quedó secuestrada por otro elemento: hombres que salían por doquier e iban en todas direcciones, de corbata y traje, peinados llamativos, barba y sombreros graciosos. Eran judíos. Uno de mis amigos locales notó mi fijación y me dijo: «ellos poseen este lugar». Ya había leído que, en Estados Unidos, los judíos representan poco más del 1% de la población. Del grupo de los 500 hombres más ricos del país, más del 30% es judío. Ahora podía notar algo de esa estadística.

¿A qué debe este grupo étnico su notable éxito? Una vez escuché a un rabino responder a esa pregunta. Su respuesta era, que la prominencia que tenían sus hermanos de raza en las distintas áreas de la sociedad mundial, no tenía nada que ver con genética. Para él, todo se debía a la educación y principalmente a dos factores. El primero de ellos: su fe. Para un hebreo, todo gira alrededor de Dios y Dios, se les ha mostrado en su historia como alguien totalmente comprometido con el bienestar y el progreso del pueblo. Por lo tanto un judío no encuentra ninguna dicotomía entre la riqueza y la religión. Para alcanzar la rectitud moral, el dinero es un buen aliado, no un obstáculo.
El segundo factor era el concepto de servicio. El trabajo no es un medio para enriquecerse, sino para brindarle un servicio al hermano. De esta manera sin importar el tipo de trabajo, o las circunstancias, un hebreo se empeñará en ofrecer el mejor servicio que pueda a los otros humanos y la remuneración se convierte en un efecto de esta mentalidad y no en el móvil de la misma.

Precisamente una de las historias de la Biblia que más me gusta, habla de los orígenes del pueblo israelita. Nos revela algunos aspectos de su mentalidad, que si la adoptamos, pueden cambiar nuestra vida.

Jacob se encontraba en el desierto de donde había salido su padre. Estaba huyendo de personas que querían asesinarlo; tomó como almohada una piedra y se durmió. Tuvo un sueño en el que vio a Dios rodeado de ángeles y éste le prometió que lo protegería por donde quiera que fuera; que multiplicaría sus descendientes y los bendeciría extendiendo su dominio por todas partes. Al despertar, Jacob exclamó: «verdaderamente Dios está en este lugar y yo no lo sabía». Justo cuando Jacob se fue a dormir, todo a su alrededor transpiraba frustración, fracaso y dureza, empezando por la roca sobre la que recostó su cabeza. Todo era árido y desalentador, como un verdadero desierto. Sin embargo, en medio de todo eso, Dios se le revela. Dios estaba con él, dispuesto a ayudarlo. Dios lo estaba protegiendo y cuidando. Ya Dios había fabricado planes de bienestar para Jacob y él… no lo sabía. Lo que cambia la vida de Jacob, y la de todo un pueblo hasta el día de hoy, es ese descubrir «que Dios está por él» y no en su contra. Que aún en medio de cualquier dificultad, Dios sigue construyendo nuestro futuro. Cuando alguien descubre que su presente está en las manos de un Dios que ha preparado cosas buenas para mañana, su vida se transforma. Y no sólo la vida espiritual o el «alma» sino todo, lo más real, lo más concreto que constituye esa vida. Es común que en el ámbito espiritual a este descubrimiento se le llame «despertar». De eso se trata entrar a una relación con Dios, en dejar detrás esa pesadilla en que nos somete lo duro de nuestro pasado, nuestra herencia, nuestro entorno y a despertar a esta realidad fascinante que Dios ha preparado para los que aceptan su amistad.

Es importante que soñemos, que nos imaginemos y visualicemos cosas buenas, pero es mucho mejor cuando uno toma conciencia y descubre lo que Dios ha soñado para nosotros. Que Dios te conceda la dicha de ver todos sus sueños hechos realidad en tu vida mientras estás despierto.

«Despierto»

Category: Corriente Divina
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