Extraído de ION Corriente Alterna 03.
Lunes 14 de Octubre 2013.
Por Tote Barrerra

A propósito del 3er aniversario del fatídico terremoto en Haití, me hago eco de esta idea lanzada por Don Jesús Higueras en una homilía de hace unos años atrás, en la misa de «Santa María de Caná». No sin antes descalzarme, pues es en tierra sagrada donde voy a pisar, al comentar acerca de lo ocurrido en Puerto Príncipe.

Como Moisés ante el Señor, no podemos menos que quitarnos los zapatos y reconocer que el misterio del dolor nos sobrepasa. Ya que todo afán de comprenderlo o explicarlo se va a quedar muy corto.

Ante el dolor de los demás.

Es muy fácil decir palabras que a uno mismo le hagan sentirse bien y descargado de la obligación de dar el pésame. Pero lo cierto es que ante una persona que sufre, uno sólo se puede presentar con lo que tiene y mostrar la reverencia de quien se encuentra ante algo «sagrado» y misterioso, que le supera y le recuerda sus momentos propios de dolor y pérdida.

En esos días escuché algo en una emisora española (que es el país donde vivo). Era Ferrán Monegal, en el programa de «Julia en la Onda», quien lanzó una pregunta que está en boca de todos estos días: «¿Dónde estaba Dios durante el terremoto de Haití?».

La pregunta, que era amarga, no era dolorida, sino malintencionada y lacerante, tanto en su expresión como en su contenido. Pues el desafortunado comentarista estaba esperando el silencio de todos para abundar acerca del dolor. Decía que creía en el dios teísta de la ilustración: «un dios que no interviene en nuestra vida, a quien le importamos un comino».

Existen muchas maneras de preguntarse donde estaba Dios ante el dolor. Creo que sólo podemos humillarnos y acompañar a quienes se hacen la pregunta, en un abrazo que salga de lo más hondo de nuestra experiencia humana. Desnudos de teologías y de explicaciones, y llenos de un acompañamiento sincero.

La respuesta de Don Jesús Higueras.

Dicho esto, no podemos callar la respuesta que tan acertadamente ha esbozado Don Jesús esta mañana: «Dios, en Jesucristo, estaba en el terremoto de Haití, y vaya que si estaba. Estaba en cada persona, en cada grito de dolor, en cada angustia. Estaba bajo los escombros, y estaba con los familiares. Estaba con las víctimas. Y sufría con nosotros, sufría con ellos, padecía con su rebaño».

En Haití estaba aquel que respondió estas preguntas: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos como forastero y te dimos alojamiento, o necesitado de ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y te visitamos?» El Rey les responderá: «Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí». (Mt 25,37-40).

Porque él es quien tuvo hambre, tuvo sed, fue forastero, estuvo enfermo y estuvo en la cárcel. En Cristo toda nuestra humanidad fue asumida, y con ella todos nuestros dolores, penas y enfermedades. En él se enjugaron todas las lágrimas, todos los pesares, todos las amarguras del tiempo presente, y las que aún queden por venir.

Él es quien se escondía en tu corazón y en mi corazón, en las horas de amargura y de infidelidad. El es quien no rehuyó tu rostro en la hora más triste, y se hizo presente con una dulzura, una paz y serenidad, que el mundo no puede dar.

No es fácil hablar del dolor ajeno.

Debemos ser muy púdicos a la hora de hacerlo. Tampoco es fácil tener el oficio de teólogo y como Monseñor Munilla verse en la picota pública por decir algo obvio: que la muerte no es el final, y que hay muertes muchísimo más graves que la del cuerpo. Porque la muerte no tiene la palabra final, y nuestros sufrimientos han sido asumidos por el Verbo de Dios, y nada de lo nuestro es ajeno para El.

Pero si Dios nos ama, ¿Por qué permite el sufrimiento?

«Si Dios fuera bueno, desearía hacer felices a todas sus criaturas; y si Dios fuera todopoderoso, podría hacer lo que quisiera. Pero las criaturas no son felices. Por lo tanto, a Dios le falta o bien la bondad, o el poder… o ambos» Esto se ha debatido por siglos y nadie da con una solución simple y completa. La Biblia es un libro práctico y nunca trata esta cuestión sistemáticamente de manera filosófica. Lo que hay es una serie de enfoques al problema a lo largo de toda la Biblia desde el Génesis al Apocalipsis.

Aunque en esto hay mucho que abordar, solo recordaré lo que para mi es algo que muchos olvidamos convenientemente: La Libertad Humana.

El sufrimiento no es parte del orden creado originalmente por Dios. El sufrimiento entró en el mundo porque Adán y Eva pecaron. Si todo sufrimiento es consecuencia directa o indirecta del pecado ¿Por qué permitió Dios que el pecado entrara en el mundo?

Aquí es donde nuestra mano que señala con un dedo a Dios, apunta tres dedos hacia nosotros mismos: El nos dio un libre albedrío. El amor deja de ser amor si es forzado; solo puede ser amor si hay libre elección. Dios entregó a los seres humanos la elección y la libertad de amar o no amar. Habiendo sido dada esa libertad, los hombres y mujeres desde el principio eligieron romper las leyes de Dios, y el resultado ha sido el sufrimiento.

C.S. Lewis lo expresa así:

«Sin duda, hubiera sido posible para Dios quitar, por medio de un milagro, los resultados del primer pecado cometido por el ser humano. Pero esto no hubiera sido muy beneficioso, a menos que hubiera estado dispuesto a quitar los resultados del segundo pecado, y del tercero, y así sucesivamente.

Si los milagros hubieran cesado, entonces, más tarde o más temprano, hubiéramos alcanzado nuestra lamentable situación presente. Si no hubieran cesado los milagros, entonces un mundo con la necesidad de apoyo y de la corrección de Dios, por injerencia divina, hubiera sido un mundo en el cual jamás nada importante hubiera dependido de la elección humana. Una elección que pronto cesaría a partir de la certeza de que una de las evidentes alternativas ante nosotros, no nos llevaría a ningún resultado. Y por lo tanto… no sería verdaderamente una alternativa.».

Una de mis películas favoritas es «Tierras de Penumbra»

Protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger, inspirada en dos libros «Surprised by joy» y «Una pena en observación». Narran la vida del escritor C.S. Lewis, a quien antes mencioné. En la trama, vemos cuando conoció a la poetisa americana Joy Davidman Gresham. Llegó a casarse con ella, pero murió prematuramente de un cáncer.

En la película, C.S. Lewis aparece como un distante profesor que se permite el lujo de dar conferencias, y con mucho éxito. En ellas explica que el dolor es «una campanada de Dios para despertar a un mundo de sordos».

Este profesor se enamora, y se humaniza hasta tal punto que ha de aprender a elegir el dolor que conlleva casarse con una persona enferma de cáncer, sabiendo de antemano el fatal desenlace. En el film se da la vuelta a la frase de San Pablo «los sufrimientos y padecimientos de ahora, no son nada comparados con la gloria venidera». A la vez, su mujer le recuerda que también «las alegrías de ahora, son parte del sufrimiento que tendremos entonces».

La película llega a su culmen cuando el hijo de la poetisa, ya fallecida en la trama, llora desconsolado en el desván donde se encuentra el armario que inspiró a C.S. Lewis toda la historia de otro libro y película muy conocidos por todos: «Narnia». El niño, llorando, pregunta al tembloroso Lewis «¿Existe el cielo?». Y el escritor, teólogo y conferencista que tanto había predicado sobre el dolor, se derrumba entre sollozos y dice «no lo sé».

Paradójicamente C.S. Lewis comprendió al fin el misterio del dolor cuando dijo aquello de «no lo sé». Se hizo niño ante la muerte, en vez de teólogo que da explicación a todo.

A veces (al igual que ese niño que era C.S. Lewis hasta que decidió aceptar el dolor) escogemos vivir como si no hubiera sufrimiento. Tenemos la osadía de echarle a Dios las cuentas por el dolor actual, porque queremos que el sirva a nuestra miopía existencial dándonos una vida fácil, indolora y exenta de sinsabores.

No tenemos derecho a explicar el dolor, ni el propio, ni el ajeno. Pero si tenemos el deber de proclamar que Dios está con nosotros. No sólo a través de nuestras manos y brazos solidarios, de nuestra caridad cristiana entregada… en la puerta del dolor, en la crisis del mismo, allá donde nada se entiende y todo es tiniebla e incomprensión… allá en Haití, está nuestro Dios, allá estuvo y allá estará.

El misterio de la humanidad es que Cristo reina desde ese trono, que es la cruz: trono de miserias, sufrimientos y aberraciones. Del cual apartamos la vista y el cual nos repugna a nuestra forma de vida sin redención. Y desde ese trono Jesús llama «benditos de su padre» a quienes lloran, sufren, tienen hambre y son perseguidos. El se hace forastero, enfermo, encarcelado, desnudo y hambriento. Se hace ellos, se hace tú, se hace yo, se hace nosotros.

El verbo se hizo carne, y se enterró bajo los escombros del terremoto de nuestra humanidad fracasada, para enderezarla y hacerla eterna mediante el triunfo de la resurrección.

Por todo esto, y por más, que nadie pregunte dónde estaba Dios con ánimos inflamatorios. Mejor clamar con El aquello de «Dios mío, Dios mío ¿porqué me has abandonado?» y recordar que por mucho que queramos, no somos nadie para explicar lo que ocurrió en Haití.

«¿Dónde estaba el? Dios aplastado en las ruinas de Haití» por Tote Barrera

Category: Corto Circuito
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