Autor: Omar Arbaje
Doctor en Medicina y Bioética.
Especialista en Doctrina Social de la Iglesia Católica

Estudio teología donde estudia la mayoría de los consagrados de nuestro país. Ahí vemos dominicos, carmelitas, mercedarios, franciscanos, paúles, misioneros… Hay de todo; y todos ellos serán futuros pastores de pequeños rebaños de la Iglesia Católica.

Como seres humanos al fin, se escucha de todo en esas aulas y en los pasillos. Sin embargo, lo más distintivo de ellos son dos cosas: primero, aunque hayan llegado tarde al aula, en los recesos saludan a todos y cada uno de sus compañeros (no hay grupismos), y segundo, no pasa un día sin que todos se rían, organicen una merienda «con traje» —como decimos los dominicanos—, o se conspire para realizar una salida todos juntos a algún lugar a esparcirnos. Son espontáneos y alegres.

¿Un consagrado a quién?

Y yo me pregunto: ¿A quién es que se consagran? Se habla de Dios porque son estudios de teología, pero en los pasillos se habla de la comunidad, del superior, de que fueron a la playa el fin de semana largo, de que hay que organizar una parrillada, de los fieles de su parroquia…

Decidí preguntarle una vez a la profesora de la materia «Teología de la Vida Religiosa» delante de mis compañeros religiosos que a quién era que se consagraban, a lo que ella me respondió: «Nos consagramos a Jesucristo en los hermanos de aquí y de ahora».

Hablar de cosas alegres, de valores, de principios, de convivencia con los hermanos, de cosas que causen risas, es hablar de Dios. Diría san Francisco de Sales: «Un santo triste es un triste santo».

Órdenes, congregaciones, institutos, asociaciones…

La Iglesia Católica surge con Jesucristo y doce apóstoles en el siglo I. Sin embargo, ya para el siglo III y IV empezaron a aparecer hombres y mujeres que decidían irse a vivir al desierto para purificarse y ayudaban a otros que querían hacer lo mismo. Se purificaban de la falta de valores, de los desenfrenos de la sociedad, de la vida acelerada de las ciudades; ellos hacían una especie de retiro para que, cuando otros necesitaran de ellos, pudieran ayudarlos sin errores y sin complejos.

Estos hombres y mujeres buscaban hacer lo mismo que Jesucristo hacía. Así surgen los primeros monjes y anacoretas, que luego se juntarían y vivirían juntos en los primeros monasterios del mundo. Aunque uno está acostumbrado a decirle «monja» a la religiosa que ve en el colegio o en las calles, realmente «monja» es el femenino de «monje», y, si los monjes viven en un monasterio y salen solo para situaciones específicas, lo mismo las monjas. ¿Cómo se les llama, pues, a los hombres y mujeres que uno ve en las calles con su hábito? Depende de su comunidad.

Existe de todo en la Iglesia con respecto de los consagrados. Los dominicos (que son los iniciadores de la evangelización y a quienes debemos el nombre de dominicanos y el nombre de la ciudad de Santo Domingo de Guzmán), los carmelitas, los agustinos y los franciscanos son de las órdenes mendicantes, es decir, que surgieron para servir y vivían de lo que la gente les daba.

Las órdenes mendicantes junto con las monásticas (los monjes y monjas), los canónigos regulares (que normalmente tienen parroquias o catedrales a su cargo) y los clérigos regulares son los cuatro tipos de órdenes en la Iglesia. También hay congregaciones religiosas, que se diferencian de las anteriores porque tienen unas constituciones, mientras que las órdenes tienen una regla de vida.

Las órdenes y las congregaciones son los dos tipos de institutos religiosos en la Iglesia. ¿Y por qué todo esto? Porque el Espíritu Santo ha inspirado que estos hombres y mujeres vivan un aspecto específico de la vida de Jesucristo: la predicación, la enseñanza, la curación de enfermos, el consuelo…

He leído que propician la ignorancia.

Hay quienes creen que la Iglesia Católica propicia el retroceso en la sociedad o frena el progreso, sin embargo, solo hay que ver que ha sido a través de estos hombres y mujeres que se han desarrollado las universidades del mundo, el método científico, el estudio de la genética (el famoso Gregor Mendel realmente era un monje agustino), las teorías del cosmos y el Big Bang (el conocido físico Lemaître, realmente era sacerdote), etc. Los hermanos monjes Cirilo y Metodio crearon el alfabeto cirílico, de donde surgen las lenguas rusa, chechena, ucraniana, y la mayoría de los países del norte de Asia y parte del oriente europeo.Pero no sólo nos quedemos con los hallazgos y teorías científicas, sino que pensemos en quiénes han sido los que atendían los enfermos y huérfanos sin que hubiera que pagarles.

En el caso de la República Dominicana, por ejemplo, nuestros hospitales, asilos y orfanatos eran atendidos por congregaciones y órdenes religiosas, sin embargo, para el gobierno del presidente Salvador Jorge Blanco (1982 a 1986), se le quitó esta potestad a la Iglesia y se pasó al Estado. Desde entonces, la clase media y la clase alta prefiere ir a un centro de salud privado, ya que los hospitales están en deterioro, con una fama de mala higiene y con un trato mediocre de parte de algunos de los proveedores de servicios de salud.

¿Cómo ayudan ellos?

Estos hombres y mujeres han decidido consagrarse a Dios, no recibir ni un centavo como paga, entregarse casi las veinticuatro horas al día para que otros tengan una mejor calidad de vida. Son hombres y mujeres que se gastan en una escuela, liceo o colegio, cuya única retribución es la del trabajo bien realizado.

Hombres como Juan Pablo Duarte, Luis Pasteur, Antonio Gaudí y miles más deben su educación a estos que se consagraron a Dios por amor a ellos. Y no solo se dedican a la enseñanza en educación inicial, media y superior, sino que muchos de ellos se gastan en países muy pobres en los que no siempre se propisa su mima fe, y todo para que las personas vivan mejor.

Así como nos viene a la mente la beata Teresa de Calcuta, así podemos mencionar otros religiosos menos conocidos: como Damián de Molokai, quien decidió ir a vivir en la isla de Molokai, Hawái, donde eran abandonados todos los leprosos en el siglo XIX, para cuidarlos, o Charles Martial Lavigerie, quien ayudó a la lucha contra la esclavitud en África
en el siglo XIX.

¿Cómo les ayudamos nosotros?

Quien de verdad conoce la historia universal, de manera objetiva y no con los sesgos de los enemigos de los valores y principios humanos, se da cuenta que millones de hombres y mujeres consagrados han entregado sus vidas para que el mundo sea mejor.

Hemos mencionado los más conocidos, pero ¿y la hermanita de tu escuela que siempre te brindaba una merienda o te hacía sentir feliz cuando llorabas?
Ésa seguro ya está sola y nadie quien la visite. ¿O ese cura que siempre te hacía reír con sus ocurrencias o que estaba ahí para el momento de tu ser querido? Probablemente, ése no tiene con quién compartir su almuerzo.

¿Y las monjas que se alegraban de tus logros y que te prometían orar por tu familia? 

Ellas han ido muriendo poco a poco y nadie se acerca a sus tumbas. Tantos hombres y mujeres que se han gastado por ti y por mí, lo único que necesitan es que les acompañemos, que riamos con ellos, que lloremos con ellos.

Un abrazo, un «Hola, le llamo para saludarle», un regalo del día de la amistad, o uno sólo porque sí, cualquier cosa de esas les alegraría la vida.

Lo que no dicen de los religiosos

Category: Corto Circuito
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