Amparo Medina, «de consultora de la ONU a activista provida»

Vengo de una familia común, como tantas otras en Ecuador y América Latina. Católica de ir los domingos a misa, pero no de una formación sólida que me permitiera amar la fe y entenderla.

Tenía más o menos 17 años, cuando mi abuelo, que era muy devoto, se dio cuenta de que yo estaba apartada de la fe y que ya no creía en Dios. Visitamos a la virgen del Quinche, patrona de Ecuador y, al entrar en la Iglesia, mi abuelo me invitó a mirarla: «mírala a los ojos, ella es la única que te va a regresar al camino de Dios, ella es la única que te va a salvar, ella es tu madre y siempre va a estar contigo», decía. Jamás lo olvidé.

Al apartarme de Dios 

Estudié en un colegio católico de las hermanas de la providencia. En una ocasión, tuve un altercado con una de las religiosas, y me expulsaron del colegio. Mi padre me llevó a Quito, Ecuador, y me inscribió en un colegio evangélico, «si las monjitas no pueden con ella, aunque vaya a un instituto no católico, quiero que le enseñen algo de religión», dijo él.  Ahí perdí totalmente la fe. Los ataques clásicos llegaron: «que la santísima virgen no era virgen, que tenía más hijos, que adorábamos a los santos» y otras diferencias ya conocidas.  Decidí que ninguno tenían la razón, y me declaré atea vinculándome a grupos revolucionarios de la izquierda de la época al mundo del Che Guevara. Todo eso acompañado con el encanto de ayudar a los demás.

El encanto de los grupos de izquierda

Mientras hablaban de la importancia de sacar adelante a los pobres, me dejé envolver. El tema de que la mujer y los niños dejen de sufrir, eran importantes para mí. Trabajamos por los derechos de los niños y jóvenes, sin darnos cuenta de que lo que hacíamos con esto era destrozar completamente el tejido social que se fortalece no solo con los derechos, sino también con los deberes.

Me identifiqué con el movimiento feminista, comunista, pro-aborto, pro-difusora de los derechos de la salud reproductiva, que no es más que anticoncepción y el aborto en América Latina. Llegué a coordinar una región de mi país y fuera de él, a través de Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales como  el «Plan Internacional». Todos estos proyectos tienen que ver con la venta de anticonceptivos.

Mi viaje a España

En el momento que cambia el gobierno represivo de esa época, tomaron a muchas personas presas. Hubo compañeros que murieron y desaparecieron. Muchos fuimos casi asesinados.

En el momento cumbre de la situación, mi padre optó por enviarme a España, donde duré 2 años estudiando pedagogía social y conocí a mucha gente de la teología de la liberación, gente que estaba ligada a grupos de izquierda. Así acrecentó mi odio a la iglesia, a la religión y a los sacerdotes.

Pero la virgen de verdad me llamaba. Mi papá, como trataba de ayudarme, me hizo vivir en la casa del purísimo corazón de María. Una casa que estaba regentada por religiosas. ¡Ahí vivía yo en España!, y me burlaba de eso.

El temor de los movimientos de izquierda

Los movimientos de izquierda, los socialistas y comunistas saben que la única que puede contradecirlos es la iglesia. Por eso, lo primero que hacen es destrozar a los católicos de poca fe. Se lanzan tras esos sacerdotes y religiosas que no están haciendo el trabajo de Dios para publicarlo. Al sacerdote que se casó, al que violó, al pederasta. Ellos nunca hablan de los miles de religiosos que viven y dan su vida por la obra del Señor. Por ejemplo en mi país, aproximadamente el 60% de los proyectos de ayuda a gente pobre, está en manos de la iglesia. De eso nadie te habla.

¿Dónde está Dios?

Nunca busqué a Dios ni pregunté por él. Estando en lo más profundo de esta oscuridad, alguien me habló de la Nueva Era y practiqué cosas como el Tarot, el Reiki, el Feng Shui, el yoga (como religión), meditación trascendental, lectura de cartas… realmente toqué fondo.

Esos mantras que hacíamos, los he traducido del hindi al español y lo que dicen es «Yo pertenezco a Satanás».

Retaba a Dios y lo cuestionaba, y burlándome de una mujer que rezaba a Dios le dije: «¡pero señora! ¿usted está loca? ¡usted no puede rezarle a un Dios que no existe!» y le rompí una imagen de la Santísima Virgen que me mostró, diciéndole que era solo un papel.

El disparo que cambió todo.

Hubo un enfrentamiento en el cual tuve una herida de bala. Allí desangrándome, comencé a perder la conciencia, pero tenía presente a mi esposo que estaba ahí y a mis tres hijos. Recuerdo que también empecé a tener una paz y una alegría que no puedo describir. No tenía miedo de irme ni de lo que me estaba pasando. Entonces escuché una voz muy dulce que me cantaba. La mujer que vi era justo la imagen que yo había destrozado: la virgen de la medalla milagrosa. La veía como una simple adolescente de 16 o 17 años, hermosa, con un rostro totalmente iluminado, perfecto, con traje blanco y azul y con un cinturón azul en la cintura. Luego sentí que el corazón me estallaba y en ese momento ella me dijo: «mi pequeña, yo te amo».

La MEGAmorfosis

No tienes idea de lo que eso significó para mí. Lo que me mantiene en el movimiento pro-vida, junto a esas mujeres y jóvenes es justamente esas palabras que me dijo la virgen y su voz.

Siempre andaba con banderas: la bandera de los niños, la bandera de los jóvenes, la bandera de las mujeres, la bandera del aborto. Cuando tuve aquella experiencia, allí estando herida, la santísima virgen me entrega una bandera blanca con un corazón en el centro, y me dijo: «mi pequeña, toma la bandera del corazón de mi hijo. Deja la bandera de los hombres, hoy, esta es tu bandera». A través de María aprendí a amar a Dios, la Iglesia, a los sacerdotes y los sacramentos.  Hay mucha gente que hoy me dice que me dedique a otra cosa, y no te niego que he tenido ganas. Pero lo que a mí me llena y me tiene aquí, son esas palabras de la virgen que todavía guardo en mi corazón. ¿Quién era yo para merecer ese amor tan maravilloso? Era una pecadora. No me dolía el cuerpo, me dolía el alma. Sentía que estaba totalmente en un fango y que todo lo que había hecho había ofendido a Dios.

La confesión y la Intercesión

Luego de lo sucedido, admití que necesitaba un sacerdote para confesarme. En ese punto, había cometido todos los pecados: había ofendido y tentado al Señor, había hablado en contra de su madre y de sus hijos predilectos los sacerdotes.

Algo hermoso fue el saber que mi abuelito, con todo el amor que me tenía, nunca me abandonó. Era un hombre santo y lo vi detrás de la Santísima Virgen. Ella me dijo: «él es un ángel que hoy reza por ti, y ha rezado por ti todos los días». Hoy estoy aquí por las oraciones de mi abuelito.

Ya conversa, pero aún en la ONU.

No rompí del todo con la ONU, sobretodo por el sueldo. Cuando intentaron introducir «la pastilla de emergencia» (una pastilla abortiva), se necesitaban datos e informaciónes para luchar en contra. Una hermana de oración me hizo una llamada. Como ella sabía que yo trabajaba en las Naciones Unidas como consultora, me preguntó si tenía información sobre la famosa pastilla del día siguiente. Dije que sí.

La oficina de Las Naciones Unidas en Nueva York, vende al Ecuador las pastillas de emergencia a 25 centavos y se revende en Ecuador entre 9 y 14 dólares. Es un negocio redondo.

A Ecuador importaron 400,012. Dios me permitió dar esa información con la cual ganamos el juicio, porque demostramos que era algo que estaba premeditado y que ellos reconocían en los documentos de las Naciones Unidas que no es un método anticonceptivo, ni que es anti implantatorio.

Ellos reconocen que es un mecanismo de emergencia cuando los anticonceptivos fallan, lo que quiere decir que ya la mujer esta embarazada y se mata al bebé.

¿Tibia o caliente?

Allí, en el tribunal de garantías constitucionales, al momento que entregaba los documentos, se me acercó un periodista de un canal de televisión. Sentí que era Dios que me preguntaba de qué lado estaba: ¿estás con el demonio o estás conmigo? Un periodista me pregunto qué hacia yo ahí y cuál era mi opinión respecto a la pastilla del día siguiente. Como seguía trabajando como consultora en las Naciones Unidas, seguía en el «Plan Internacional» pero sentí que era el momento de decir la verdad. Era el momento de confesar que creo en Dios, que él ha transformado mi vida y que estoy ahora con él. No podía seguir ganando dinero de una organización que defendía el aborto. Sentía que Dios iba a proveer absolutamente todo para mi.

Dije la verdad sobre la pastilla de emergencia en la televisión. Aquello fue una sentencia de cancelación en mi trabajo. Automáticamente las Naciones Unidas me despidieron. Fue una bomba, pues ya no compartía su filosofía y sus principios institucionales. No estaba compartiendo sus objetivos como programa.

Y aquí seguimos…

Mi esposo Javier, a raíz de todo lo que vivimos y de todo lo que pasamos, también tuvo su conversión. Para él, al principio fue muy duro, porque teníamos toda una vida alrededor de la revolución. Cuando descubrimos al Señor, tuvimos que renunciar y cambiar muchas cosas de nuestras vidas. Para nuestros hijos también. Todos tuvimos que renunciar a cosas materiales. Cuando salimos de esas organizaciones, lo perdimos todo. Pero el Señor no dejó que nos faltara nada, y ahora Javier y a mi familia estamos inmersos en el amor de Dios.

Hoy le hemos hecho una promesa: hasta no estar en gracia total con él, no tendremos una vida marital completa. Queremos ser una familia en gracia con Dios, el acercarnos juntos a la comunión, eso es lo que más nos llena. Eso nos da la fortaleza de decirle: «Señor, sabemos que la vida en pareja es una parte importante de nuestras vidas, pero tu eres lo más importante». Fueron tantos años de pecado y de ofensa a Dios, que el tiempo que le podamos ofrecer este sacrificio al Señor es nada. //

La MEGAMorfosis de Amparo Medina

Category: Megamorfosis
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