Fuente: ION 24
Escrito por: Cristian Arnaud

Vivimos en una época que tiene un gran aprecio por lo relativo, tanto que muy pocas cosas gozan de atractivo cuando se presentan como absolutas. Parece que hemos desarrollado cierta alergia a lo que no es variable o acomodable.

Quizá hay cierta justificación en eso: Hemos visto a regímenes totalitarios y represivos destruir con paso avasallador las libertades individuales y las vidas mismas, de millones de personas que no es de extrañar que nos domine el temor de que estos abusos continúen perpetuamente. De ahí nuestra suspicacia ante ofertas absolutistas. Hasta las religiones se han convertido en objeto de nuestra sospecha pues algunas veces le sirvieron de excusa a ideologías que esparcieron la injusticia y la violencia por el mundo.

Pero lo cierto es que es lamentable vivir en una sociedad que rechaza lo firme, estable y trascendente porque carece de discernimiento para distinguirlo de lo abusivo o perverso. Es una lástima que la solidez que pueden brindar la ética y la religión se vea diezmada por la incapacidad de una generación de juzgarlo todo y quedarse con lo eternamente bueno.

Hablar de Dios

En el Cristianismo hay un enunciado que pretende ser, además de verdadero, universal y eterno, es el que dice «sin santidad nadie verá a Dios». Pero si cada vez se hace más difícil hablar de «Dios» a una generación acostumbrada a que le demuestren y comprueben todo, tendrá muy poco éxito proponer opciones como la santidad si ignoramos esa dificultad.

La palabra por sí sola normalmente se asocia a una especie de losa pesada con la que tienen que cargar los que deciden ser cristianos. Es sorprendente descubrir que entre los mismos cristianos son muchos los que dudan de que ellos puedan llegar a ser santos. Si hay tanto en juego ¿qué es entonces la santidad? ¿cómo podemos transmitir esa verdad a nuestra generación?

Los canonizados no son los únicos santos

En el Catolicismo se enseña que todos los seres humanos estamos llamados a la santidad. Este no es un privilegio del que gozan algunos pocos. Muchos creyentes confunden este llamado general a la santidad con el proceso «oficial» designado como canonización con el que la Iglesia Católica presenta a algunas personas como modelos para la Iglesia universal.

Estos «canonizados» no son los únicos santos. Es bueno hacer otra aclaración. Aunque la santidad es un estado que se tiene o no se tiene, en ella se puede crecer. De hecho en el mismo momento que una persona es bautizada en ese instante se convierte en un santo. A lo que se le llama es a mantener la santidad que se le ha regalado y a crecer en ella. La santidad no es la meta a la que un cristiano debe aspirar, sino el punto de partida de su vida cristiana.

Nación Santa, Identidad: Santidad

Cuando Dios se manifestó inicialmente a su pueblo los llamó «nación santa» no por lo que ellos eran antes del llamado, sino porque la santificación era la acción con la que Dios los elegía y los separaba para Él. Este pueblo entendía la santidad como pertenencia. No era una meta, era su identidad, era la puerta a una vida bendición, de paz, no sólo de pureza humana, sino de rectitud, justicia y prosperidad garantizada por la comunión que tenían con Dios.

Esta comunión era un pacto, a ellos les correspondían ciertos deberes y responsabilidades morales, pero la santidad emanaba de su cumplimiento: de la santificación divina venía que ellos pudieran mantenerse firmes y gozar de los beneficios de este acuerdo.

Hoy el concepto de santidad se ha desencarnado de la realidad social. Se suele ver como algo privado. No se asocia a lo que Dios hace hoy verticalmente en la sociedad, sino a lo que hará a la hora de nuestra muerte con cada uno. Cuando las personas se convencen de que esta vida es todo lo que tienen, cuando aquí lo único que importa es el esfuerzo personal y lo que cada quien puede manipular, cuando sus características morales son algo que depende exclusivamente de ellos, cuando la vida, la propia y la social, se vacía de Dios, no queda espacio para la santidad. La santidad se vuelve santurronería, se convierte en un concepto hueco, vacío de trascendencia, una moralidad anticuada y una obligación religiosa irrelevante.

Jesús proponía algo totalmente distinto.

Cuando Jesús oró y le pidió a su Padre que nos santificara (cf. Juan 17) hablaba de una acción que Dios hace en nosotros motivado por la gratuidad de su amor. Para Jesús la santidad no era algo cosmetológico, no se trataba de que aparentáramos ser mejores sino vivir una transformación íntima y profunda que inicia Dios y se extiende hacia nuestro entorno.

Para Jesús santificar era caminar por este mundo marcados como personas elegidas por Dios con promesa de gloria futura y de protección inmediata. Esta conciencia implica que quienes llevan esta marca no se conforman con el orden actual de las cosas, sino que hacen lo que Jesús: lo transforman todo. Aquí, ahora. Su objetivo no es solo verse transformados a sí mismos sino ser agentes de transformación para los otros. Evidentemente esto los pondrá en confrontación no solo con los no creyentes sino con los creyentes que se conforman con las apariencias. Pero en ambos casos, la misma petición de santificación de Jesús iba acompañada de una garantía: no tengan miedo así como yo he vencido los santificados vencerán.

Que Dios nos conceda alcanzar o mantener este regalo y que podamos crecer hasta la perfección en Él. //

Número de identidad #54N71D4D

Category: Corriente Divina
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