Fuente: ION 24
Escrito por: Omar Arbaje

Entre los años 350 y 400 de nuestra era, había un joven de Argelia, el norte del continente africano, de nombre Aurelio Agustín. Su padre quiso enviarlo a estudiar letras, y se destacó en la gramática. En aquel entonces, el idioma oficial era el latín, ya que el imperio romano sería en auge. Aunque su madre era cristiana, no le interesaba nada de eso a él, ya que estaba estudiando los grandes filósofos griegos y la retórica. Incluso llegó a escribir poesía y a competir como un elocuente orador. Consiguió una mujer, con quien tuvo una relación estable y hasta un hijo.

La manera de pensar de este Aurelio se vio muy marcada por la mentalidad dualista, el maniqueísmo. Es decir, él pensaba que había una lucha constante entre lo bueno y lo malo, y que la manera que había para que las cosas se dieran bien era buscando el bien por su propia cuenta. Es de pensar que este Aurelio pudo haber vivido incluso hoy. Pero, lo que él no se imaginaba era que, en esa búsqueda por la luz, por el bien, por la verdad, terminaría buscándolos en muchos estudios, muchas filosofías, muchas maneras de pensar, pero no encontrándolos.

Sin embargo, una vez escuchó ciertas doctrinas cantadas. Para Aurelio fue extraño escuchar la misma verdad que estudiaba, pero con un giro trascendente que le daba razón de ser en aquellos razonamientos que no tenían respuesta o que sólo conducían a un sinsentido. Esta doctrina le decía que el actuar bien es intrínseco del ser humano, pero, como hay «algo» que lo empuja a buscarse sólo cosas para sí mismo, debe tener una ayuda externa que se hace interna para ser bueno y hacer lo bueno.

Este hombre sería luego conocido más por su segundo nombre: Agustín, y por el lugar donde vivió al final de su vida como apellido: de Hipona.

Realmente, en qué consiste.
En muchos lugares vemos y oímos gente «declarando» sanación, «declarando» santidad, diciendo «Cristo te ama», o «Jehová provee», o «Dios es poderoso», como si esas frases o esa actitud son suficientes y necesarias para tener una relación con Dios o para que las cosas salgan bien en su vida. Y tenemos familiares o amigos que nos meten presión con aquello de que hay que orar para que las cosas salgan bien, o que si nos va mal en estudios y trabajo es porque nos hemos olvidado de Dios.

Lo que este san (Aurelio) Agustín nos enseña es que la santidad no es una meta reservada para unos pocos, ni que consiste en realizar cosas extraordinarias: caminar sobre aguas, multiplicar comida, sanar gente. Es más, ser santo es algo que se obtiene sólo por orar, o la gente santa es la que habla en cámara lenta, que transmite «paz», que ni siquiera abre mucho los ojos, y hasta que parece flotar. Sería descabellado que un cristiano piense eso así… sin embargo, de esos abundamos por montones.

No. Lamentablemente para muchos, la santidad no consiste en eso. La santidad consiste en vivir los misterios de Cristo: tomar sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos. Y habemos que ahora pocos cristianos quieren comportarse como Él. Es más, cuando en un lugar vemos a alguien buscar de los enfermos, buscar de los rechazados, no juzgar y hacer lo bueno con todos, le llamamos loco, lo vemos como excepción, le ponemos apodos y no es parte de nuestro círculo de amigos. Sin embargo, ¿no era justamente eso lo que hacía Jesús?

Por lo tanto, la santidad tiene su raíz más profunda alimentándose del agua del bautismo, es decir, procurando que la manera en la que soy según mi temperamento vaya disminuyendo para que vaya creciendo el ser bueno hasta llegar a la estatura de Cristo (cf. Ef. 4, 13). Ser santo es hacer aquello que san Agustín llegó a afirmar: «Ama y haz lo que quieras». Ser santo es poner siempre el amor por delante de todas nuestras actitudes y relaciones. No es rezar mucho, no es atosigar a los demás con la persona de Jesucristo, no es obligar a la gente a sentirse culpable si no busca de Dios. Ser santo es dejarse transformar por el Amor, que es Dios (cf. 1 Jn. 4, 8).

Ser santo es hacer aquello que san Agustín llegó a afirmar:

«AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS»

Cinco ideas para asumir la santidad

Primero. Tienes que entender que una vida santa no es fruto de un esfuerzo personal, como metas o resoluciones, sino que es Dios quien nos hace santos. ¿Sólo los que buscan de Dios pueden ser santos? Sí, pero recuerda que Dios puede ser encontrado en la Creación, en el ser humano, en la Verdad y la Belleza.

Segundo. Dios no es un déspota que ama a «los suyos» y que rechaza a los que no hacen lo que debe ser moralmente correcto. Jamás ha sido así, aunque haya cristianos que te hayan hecho sentir eso. Más fácil se alegra Dios por los pecadores arrepentidos que por los buenos (cf. Lc. 15, 7), y sale a buscar a aquellos que se han perdido y deja a los que no lo han hecho (cf. Mt. 18, 12).

Tercero. Hay que escuchar de buena gana la Palabra de Dios. Es decir, hay que tener una visión más abierta sobre el mundo, sobre la posibilidad de la existencia de Dios, sobre la facultad de encontrar la Verdad. San Agustín, por ejemplo, escuchó una voz de un niño que cantaba «Toma, lee», y asumió que se refería a la Biblia. Efectivamente, allí encontró respuesta a todas sus interrogantes grandes.

Cuarto. Tener siempre contacto con Dios es fundamental. No debes dejar pasar nunca un Domingo sin un encuentro con Cristo resucitado; no debes dejar pasar un día sin un breve contacto con Dios por la oración; no dejes nunca que los impulsos te lleven a hacer lo que luego te hará arrepentirte, sino que siempre busca aunque sea un minuto para hablar con Dios.

Quinto. Ama. Ama. Ama sin medidas. Ama a los que te critican. Ama a los que se han encargado de hacerte la vida imposible. Cuando amas (sin interés), las personas cambian, descubren que hay alguien que no les hace daño y, por eso, no son mal habladas ni peleonas. Ama y verás que, poco a poco, los demás empezarán a amar, tú empezarás a cambiar, todo empezará a cambiar.

Ésta es la verdadera sencillez, belleza y grandeza de la vida de cristianos, de la vida de los santos. Ni discursos, ni oraciones, ni extravagancias. Sólo buscar la Verdad con sinceridad de corazón, y ponerla al servicio de todos: amar.//

¿Santo? ¡Nunca tanto!

Category: Corto Circuito
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